Observo como las calles se tiñen con el dolor del frío,
y el brillo de luces protege a la gente del rencor y del hastío,
un brillo que nunca me ha parecido tan artificial, tan vacío.
Me marcho sin encontrar lo que he perdido,
un día más con la ternura en el exilio,
con la duda de saber si alguien se estará preocupando
por que mi luz no desaparezca entre los pliegues del asfalto.
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